La sociedad de la posverdad o cómo llegamos a no distinguir la verdad de la mentira.

Por Almudena Pacho Casquet

¿Qué es la posverdadSegún la RAE es una distorsión deliberada de la realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. En una sociedad ultra compleja como la actual este fenómeno no es más que uno de los múltiples factores que dificultan al individuo la comprensión de esta realidad. Para explicarla es necesario entender esos factores “desde un punto de vista histórico, evolutivo y multifactorial” (García-Marín, 2019). 

La mentira es tan antigua como el hombre y desde que existe el poder la manipulación ha sido una herramienta al servicio de éste. En este contexto, la posverdad es uno de los muchos fenómenos a estudiar dentro del campo de la desinformación. A lo largo de la asignatura hemos repasado algunos de los recursos que se utilizan para desinformar. Es el matiz de acción “deliberada” el que nos interesa destacar sobre la posverdad porque añadido al de la viralidad y otros fenómenos ejercidos desde la capa tecnológica hacen que hoy en día la posverdad cobre dimensiones muy mastondónticas y trasversales. La convergencia mediática y la narrativa transmedia hacen su parte para que esta dimensión se extienda confundiendo a una sociedad ya de por sí distraída donde la atención es un bien escaso y muy cotizado. Son las noticias falsas o fake-newsmuchas veces las que más lejos llegan porque llaman nuestra atención y apelan a nuestras emociones. 

La comprensión del fenómeno de la posverdad abarca tres capas para su abordaje que conviene tener muy en cuenta: la tecnológica, la psicológica y la sociológica.

Desde la capa tecnológica ha contribuido al auge de la desinformación la creciente algoritmización y la hegemonía de la cuantificación de los datos. Los algoritmos con sus formulas contribuyen a que a través de nuestra interacción en la red ésta nos devuelva aquellos contenidos que nos son más afines. Los algoritmos redimensionan nuestra realidad y la homogeneizan, en la red se recogen datos sobre nuestro modo de ser y de actuar que los programas de las plataformas utilizan para monetizar el tiempo que pasamos en sus aplicaciones (por ejemplo, en las redes sociales). Todo esto convierte internet en un invernadero endogámico donde los internautas regamos con nuestro click la planta de ingresos de las compañías tecnológicas. Esta reciente nueva gallina de los huevos de oro ha pervertido como nunca la política mediática y las redes sociales han permitido acceder a este negocio a nuevos grupos de interés: engendrar bulos sale rentable y en última instancia son muchos los intereses creados. Quedó probada la influencia de Facebook, con sus anuncios y fake-news emitidas desde países del este de Europa en el ascenso de Trump al poder en 2016. Seguramente, a los jóvenes macedonios que contribuyeron a esta campaña desde Facebook les traía sin cuidado la realidad política estadounidense pero no tanto el ganar un buen puñado de dólares con Facebook Ads. Queda también probado, que hoy desde internet cualquiera puede generar contenido sea este falso o no. 

Más miedo y respeto nos dan las llamadas deep fakes o noticias ultra falsas que al amparo de la inteligencia artificial utilizan técnicas de suplantación de imagen por vídeo con tecnología de imitación de rostro y voz. Este tipo de sofisticación de noticias puede debilitar la democracia porque eleva a un nivel amenazador la manipulación sobre las personas y siembra la sospecha permanente en una sociedad donde disminuye la confianza de unos sobre otros. Si las personas no creemos en la democracia ésta no funciona y si no creemos en el mutualismo el individualismo fragmenta cada vez más un escenario perfecto para que seamos más manipulados por grupos de poder.

En cuanto a la capa psicológica existen tres fenómenos importantes a tener en cuanta para la generación del clima de posverdad.

En primer lugar, los seres humanos nos dejamos llevar a menudo por el llamado sesgo de confirmación, según el cual, nos guiamos por las burbujas ideológicas: nos gusta reafirmarnos en lo que nuestros grupos de referencia piensan. Nos encanta el refuerzo positivo que nuestro periódico de referencia o nuestro influencer favorito ejerce sobre nuestras ideas.

En segundo lugar, nuestro cerebro está diseñado para la economía de procesamiento por lo que tendemos a sentirnos atraído por todo aquello que nos simplifique la toma de decisiones o la realidad, fenómeno que la tecnología potencia. Las redes sociales nos presentan la realidad simplificada y aquellos políticos que nos suenan creíbles y nos hablan sencillamente son aquellos con los que más nos identificamos.

En tercer lugar, los seres humanos tenemos una tendencia a manipular la realidad para afirmarla debido a lo que los psicólogos llaman razonamiento motivado. Donald Trump no ganó las últimas elecciones pero intentó crear una realidad paralela que apoyara su discurso llegando a movilizar esa realidad a miles de personas que terminaron asaltando el Capitolio este pasado mes de enero. 

En cuanto a la capa social, el clima de posverdad genera desconfianza en las instituciones. Hoy, la crisis de credibilidad que afecta a los medios de comunicación de masas se extiende al ámbito de la gobernanza. Vivimos una contradicción permanente, en la época de máxima exaltación de la libertad de expresión los medios se ven abocados a dar voz a sectores contrapuestos ideológicos para no ser tildados de filiación política, pero contribuyen con el debate de extremos a una creciente polarización de la opinión que no favorece finalmente ni a la libertad de expresión ni a la democracia. 

Otros tipos de desinformación que abundan en nuestros ecosistemas mediáticos al margen de las fake-news serían los siguientes:

Clickbait: titulares llamativos diseñados para que el internauta clique. 

Contenidos invisiblemente esponsorizados: es contenido publicitario disfrazado de autenticidad.

Falsas reseñas: contenido deliberadamente falso.

-Sátira: contenido con intención humorístico que se viraliza como noticias verdaderas cuando la gente lo saca de contexto y no llegan a darse cuenta que salió de medios satíricos.

Contenido sesgado: noticias verídicas pero recortadas o manipuladas ocultando determinados datos.

Malas praxis periodísticas: (misinformation). Errores no intencionados por mala práctica periodística.

-Falsa conexión: Se puede dar por falsa atribución (suplantación: deep fakes) o por falsificación de contextos: imágenes reales pero deliberadamente descontextualizadas.

Contenido manipulado: foto-edición (Fotoshop, p.e.) para quitar o añadir cosas que no estaban en la imagen. 

Fake-news: noticias que se codifican como información pero son intencionalmente falsas.

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